¿Quién gana cuando co-creamos? El lado incómodo de la cultura participativa
F-CONSUMER
La co-creación se convirtió en mantra de la cultura contemporánea. Pero detrás de la promesa de colaboración: ¿quién se beneficia realmente?
En los últimos años, la co-creación o cultura participativa dejó de ser una práctica alternativa para convertirse en un estándar en el arte y las industrias creativas. Marcas que colaboran con comunidades, artistas que trabajan con públicos, instituciones que invitan a “participar”. Todo parece indicar que estamos frente a una cultura más abierta, más horizontal, más democrática.
Sin embargo, cuando miramos más de cerca, algo no termina de cerrar…
La promesa de la participación: colaborar como forma de democratizar
La narrativa es seductora: la cultura se produce en red. La participación aparece como una forma de redistribuir el poder, habilitar nuevas voces y romper estructuras tradicionales.
Y en parte, eso es cierto.
El giro participativo transformó profundamente la forma en que entendemos la producción cultural. Hoy, el público no solo consume: también crea, opina, comparte, interviene. Pero hay un matiz clave que suele quedar fuera de escena: la participación no elimina las jerarquías. Las vuelve más complejas, más difusas, más difíciles de identificar.
En otras palabras, el poder no desaparece. Se reorganiza.
Cuando participar también es trabajar
En ese desplazamiento aparece una de las tensiones más invisibilizadas: participar no es solo expresarse, también es producir valor.
Un valor creativo, emocional y simbólico que sostiene muchas de estas experiencias, pero que rara vez se reconoce como trabajo. Quienes participan aportan ideas, relatos, tiempo, sensibilidad. Sin embargo, ese aporte no siempre se traduce en remuneración, reconocimiento o capacidad de decisión.
Así, la co-creación puede operar como una forma de incorporar valor externo sin redistribuir realmente el beneficio. Lo que se presenta como apertura termina funcionando, en algunos casos, como una forma de integrar valor sin alterar las estructuras que lo producen.
Social washing y extractivismo simbólico
A veces, lo que se presenta como co-creación o colaboración responde más a una estrategia de posicionamiento que a una transformación real. Ahí aparece el social washing: proyectos, marcas e instituciones que adoptan discursos de impacto social, comunidad o inclusión para construir una imagen alineada con ciertos valores, sin modificar de fondo sus prácticas ni sus estructuras de poder.
Pero cuando miramos más de cerca, la cuestión no es solo cómo se comunica, sino qué pasa con el valor que se produce. Es ahí donde también puede entrar en juego el extractivismo simbólico: la apropiación y utilización de saberes, estéticas y expresiones culturales —muchas veces provenientes de comunidades históricamente marginadas— que se integran a proyectos creativos sin consentimiento pleno, sin reconocimiento y sin una distribución justa de los beneficios.
A diferencia de un intercambio cultural genuino, estas dinámicas reproducen relaciones de poder desiguales. Se toma lo que tiene valor —lo ancestral, lo territorial, lo simbólico— y se lo reconfigura para circuitos de consumo, muchas veces despojándolo de su contexto y de su sentido original.
Entonces, ¿qué hacemos con la co-creación?
El problema no es la colaboración en sí. El problema es cómo se diseña, quién la estructura y qué distribuye.
No avalamos el dejar de co-crear, sino empezar a hacerlo de otra manera. No como gesto simbólico, sino como práctica concreta que implica acuerdos claros, distribución real de valor y reconocimiento efectivo de las autorías.
Pasar, en definitiva, de la co-creación como discurso a la co-creación como práctica ética.
Diseñar una cultura participativa sin extracción
En un contexto donde la colaboración está en todas partes, la verdadera innovación ya no pasa por colaborar más, sino por colaborar mejor.
Porque invitar a participar no alcanza si no cambia la lógica sobre la que esa participación se construye.
Y ahí es donde la co-creación deja de ser tendencia para convertirse en problema —y, al mismo tiempo, en oportunidad.
¿Estamos construyendo colaboración real… o solo una versión convincente?
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Fuentes consultadas:
Hilden — Participation as Institutional Labour
Black — The Participatory Museum Experience
Giaccardi — Heritage and Social Media: Participation and Cultural Production
Valtysson et al. — Museum Communication in the Digital Age.
Centro de Diseño, Cine y Televisión — Diccionario de señales y tendencias 2026 (Co-creación artesanal redefinida)




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